*Por Miguel Ángel Ruvalcaba Molina
La política comercial de Donald Trump siempre ha sido una montaña rusa de declaraciones incendiarias y giros inesperados. Esta semana, el exmandatario —y posible futuro inquilino de la Casa Blanca— sorprendió al mundo al anunciar que dará marcha atrás a su plan de imponer aranceles punitivos a los autos y autopartes importados. Para algunos, esto parece una victoria para la industria automotriz global. Para otros, es solo una maniobra táctica en medio de una batalla más amplia por el control económico y político.
Trump no da paso sin huarache. Su decisión no responde al interés genuino de fortalecer la cooperación internacional ni de beneficiar a los consumidores estadounidenses. Más bien, parece un guiño estratégico a los gigantes automotrices de Michigan, Ohio y otros estados clave en la contienda electoral. No olvidemos que en 2016 y 2020, su retórica proteccionista fue combustible para su base. Hoy, opta por una pausa calculada, disfrazada de pragmatismo.
Para México, este anuncio genera un respiro momentáneo. La industria automotriz mexicana, integrada profundamente a la cadena de valor norteamericana, ha estado en vilo durante años ante las amenazas de nuevos aranceles. Esta “reversa” podría consolidar inversiones que estaban en el limbo y fortalecer el nearshoring. Sin embargo, no debemos caer en el espejismo. La volatilidad política de Trump puede cambiar el curso en cualquier momento.
¿Estamos ante una nueva era de apertura o simplemente ante una distracción momentánea para calmar a los mercados? La respuesta está por escribirse. Lo cierto es que el tablero geopolítico se mueve con rapidez, y los países —México incluido— deben estar listos para jugar con inteligencia y no depender del humor de un solo hombre.
