Por Roberto Moncada Ivar
Si en los días de antaño se contaba con legisladores que eran elocuentes tribunos o, al menos, hábiles negociadores, hoy Morena en el Congreso local de Jalisco parece estar escribiendo su propio epitafio político.
La madrugada del sábado , en un escenario más cercano a un sainete que a una deliberación parlamentaria, se aprobó el presupuesto 2025. No se trató de una votación trascendental, sino de una tragicomedia en la que los votos de la bancada guinda no reflejaron principios, sino conveniencias.
Es inevitable detenerse en la figura de Miguel de la Rosa, el coordinador de Morena, quien parece haber perdido el mapa en medio del laberinto legislativo. Su actuación política carece de brújula, de solidez, de sustancia. De la Rosa ha adoptado un estilo errático que raya en lo grotesco: sus discursos son enredos de palabras sin significado, y sus decisiones, cuando no contradicen lo dicho, dejan entrever una inquietante sumisión a otros intereses. Morena, bajo su liderazgo, ha terminado siguiendo las notas de una melodía dictada por Movimiento Ciudadano, como si este último fuera el verdadero director de orquesta.
La justificación de De la Rosa para esta alianza —o entrega, según se vea— es que “hay que hacer acuerdos”. Pero acuerdos de qué tipo y para qué fines, nadie sabe. Lo que resulta evidente es que estos compromisos no responden a los intereses de quienes votaron por Morena, sino a un oportunismo que convierte la política en simple mercadería. Morena, que alguna vez se presentó como un partido con un proyecto histórico, ha caído en la banalidad de intercambiar su peso político por unas cuantas monedas de poder.
Mientras tanto, otros miembros de la bancada, como Alejandro Puerto, al menos tienen la decencia de no disfrazar la realidad. Puerto no busca enredar a nadie con retórica vacía, ni intenta justificar lo injustificable. Sin embargo, la mayoría de los legisladores de Morena parecen más ocupados en defender su imagen que en responder al mandato que el pueblo les confió. En un intento desesperado por desviar la atención, De la Rosa apunta sus críticas hacia el Partido Verde, como si los errores ajenos fueran una coartada válida para justificar su propia falta de congruencia.
Lo que queda en evidencia es que Morena en el Congreso local no sólo carece de liderazgo, sino también de dirección política. Los ideales que alguna vez enarbolaron parecen haberse desvanecido, reemplazados por una lógica pragmática y vulgar. Su actuación reciente no es la de un partido transformador, sino la de una agrupación abaratada, desgastada y, lo más preocupante, desconectada de la ciudadanía.
La política, como la historia, no tolera la mediocridad ni perdona la incongruencia. Morena está en riesgo de convertirse en un testimonio de advertencia: un partido que llegó con grandes promesas, pero que, en su incapacidad de sostenerlas, terminó siendo devorado por la vorágine del poder. Si no se corrige este rumbo, los días de gloria quedarán como un recuerdo distante, mientras su relevancia política se diluye hasta desaparecer.
El Congreso no es un escenario para la improvisación ni un mercado de intereses. Es un espacio para la representación digna, algo que los legisladores de Morena, si aún les queda algo de coherencia, deberían recordar antes de que sea demasiado tarde.
