Por Edith Roque
En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, entre los pabellones que celebran novelas premiadas y editoriales consagradas, existe un corredor silencioso donde la literatura deja de ser un ejercicio estético y se convierte en memoria. Es el espacio donde migrantes, refugiados, solicitantes de asilo, intérpretes, periodistas y activistas narran historias que la política prefiere mantener fuera del encuadre.
En esas mesas, lejos del protagonismo comercial, florecen otros rostros: los de quienes caminan cientos de kilómetros cruzando un país que los recibe con una mezcla incómoda de hospitalidad y violencia. La FIL los visibiliza.
La migración es un fenómeno que suele ser reducido a números, operativos, acuerdos diplomáticos y discursos sobre seguridad fronteriza. Pero cuando una mujer hondureña toma el micrófono y describe cómo las palabras aprendidas en un albergue le devolvieron la sensación de que su vida tenía valor, el lenguaje político se derrumba.
En las mesas de migración de la FIL, los datos adquieren rostro. El “flujo migratorio” deja de ser una categoría abstracta; se vuelve la historia de un adolescente que cruzó Guatemala con un libro roto en la mochila porque tenía miedo de olvidar cómo se llamaban los árboles de su barrio. Son testimonios que recuerdan que la movilidad humana es, ante todo, un ejercicio de supervivencia.
La política suele mirar la migración desde el miedo o desde la administración burocrática. La literatura ofrece otro lente: el de la dignidad.
En un país donde incluso los ciudadanos enfrentan dificultades para acceder a la justicia, el migrante vive en un doble desamparo: el institucional y el lingüístico. Las mesas de la FIL funcionan como pequeños tribunales éticos donde las violencias son nombradas: extorsión policial, detenciones arbitrarias, desapariciones, violencia sexual, trata, explotación laboral.
Pero junto a la denuncia, aparece otra cosa: el derecho a ser reconocido. A ocupar espacio. A que la palabra cuente.
La literatura migrante —sea testimonial, poética o ficcional— abre un puente que el sistema jurídico no siempre logra cruzar: pone en el centro la humanidad de quienes transitan por México. En un país donde las leyes son frecuentemente letra sin aplicación, estos libros se convierten en pedagogía de derechos: enseñan que la movilidad no es delito, que el asilo no es dádiva, que la protección no es concesión, sino obligación del Estado.
El acto de narrar es también un acto de resistencia. Quien narra se reconoce y exige que los demás lo reconozcan. Quien escucha aprende a mirar de forma distinta.
En la FIL, las historias migrantes funcionan como un dispositivo pedagógico para miles de asistentes que jamás han puesto un pie en un albergue o en una estación migratoria. La literatura convierte el sufrimiento estructural en un hecho comprensible; humaniza sin victimizar; problematiza sin moralizar.
Para las niñas y niños que escuchan estos relatos en los espacios juveniles, el mensaje es aún más poderoso: entender la migración desde la empatía es formar ciudadanía desde la infancia. En tiempos de xenofobia normalizada, esa pedagogía es invaluable.
Las mesas sobre migración en la FIL permiten entender esa realidad que rara vez se discute en el debate público. Mientras las autoridades hablan de desarrollo económico y movilidad urbana, miles de personas cruzan en condiciones precarias, apoyadas por organizaciones civiles que suplen una protección que el Estado debería garantizar.
La literatura migrante de la FIL no resuelve la crisis humanitaria de México. Pero sí ilumina lo que la política decide ocultar. Escuchar a quienes migran —y leerlos— es un acto de honestidad democrática.
En un país donde la violencia parece normalizada, la FIL ofrece un espacio para recuperar la sensibilidad perdida. Ver, escuchar y comprender al otro. Ese otro que, en realidad, somos todos: personas en movimiento, tratando de sobrevivir a un país que expulsa, recibe y abandona al mismo tiempo.
La pregunta no es si la FIL debe hablar de migración. La pregunta es si México está dispuesto a escucharla. Porque en esas voces que florecen entre libros, está la memoria que algún día nos reclamará haber preferido la comodidad del silencio.
