Por: Myriam Sanchez
Disney volvió a sacar la carta del live action, pero con Moana el reto era mucho más complicado que con otros remakes. No estamos hablando de una película vieja que vivía de la nostalgia; la original apenas tiene unos años y sigue sintiéndose fresca. Por eso, la primera pregunta que surge al verla es inevitable: ¿realmente necesitábamos esta versión?
La respuesta no es tan sencilla. Visualmente, la película es un espectáculo. El océano, las tormentas, las islas y la fotografía están diseñados para verse gigantes en pantalla grande. Hay escenas que parecen postales vivientes y que demuestran que Disney sigue teniendo un presupuesto capaz de comprar medio Pacífico. El problema es que, después de admirar los paisajes, uno empieza a notar que la película tiene miedo de arriesgarse.
La historia sigue casi el mismo camino de la animada. Y ahí está su mayor virtud… y también su mayor defecto. Funciona porque la historia original ya era buena: el viaje de Moana, su conflicto con su destino y la relación con Maui siguen siendo emocionantes. Pero también deja la sensación de estar viendo una versión “más cara” de algo que ya conocíamos. En lugar de sorprender, muchas veces se dedica a recrear momentos icónicos para que el público diga: “¡Es igual que la caricatura!”.
La interpretación de Catherine Laga’aia carga con una responsabilidad enorme y, honestamente, sale bastante bien librada. Tiene presencia, transmite determinación y logra que Moana siga sintiéndose auténtica. El problema no es ella, sino la comparación inevitable con la versión animada, que dejó una huella muy difícil de superar.
Y luego está Maui. Dwayne Johnson tiene el carisma suficiente para sostener al personaje, aunque su diseño y algunos efectos visuales hacen que, por momentos, parezca más una atracción de un parque temático que un semidiós legendario. Su humor funciona en varias escenas, pero también hay momentos en los que el personaje pierde fuerza por intentar repetir exactamente la fórmula de la cinta original.
Uno de los mayores aciertos es el respeto por la cultura polinesia. La película busca mantener viva la esencia de sus tradiciones y su identidad, algo que se percibe tanto en la ambientación como en la música y en el tratamiento de los personajes. Ese cuidado aporta autenticidad y evita que el remake se sienta completamente vacío.
Al final, Moana live action no es un fracaso, pero tampoco logra justificar del todo su existencia. Es una película entretenida, visualmente impresionante y con momentos emotivos que seguramente conquistarán a nuevas generaciones. Sin embargo, para quienes crecieron con la versión animada, será difícil dejar de pensar que la magia del viaje original sigue siendo insuperable. Disney demuestra que puede recrear mundos espectaculares, pero también que no toda historia necesita volver a contarse para seguir siendo inolvidable.
Calificación: 7.5/10.

